No se fue (un guiño de Don Andrés...) [Julio Alberto Wong Un]



para Meche y Paula
(las negritas del Bracamonte)





No se fue. Eso es fácil de percibir. Está por allí, impregnando todo y todos...

Todos se ven afectados. Se pierden en pensamientos y reflexiones, tienen ganas de escribir o de llorar o de pintar, chupan hasta caerse al suelo como hace tiempo ya habían dejado de chupar. Roban flores del velorio después de la misa. Se ríen cuando deberían llorar. Se divierten recordando historias, anécdotas, gestos, momentos.

En un comienzo de camino les da ganas de andar y andar, tal vez hasta Campodén o hasta la ENBA de los años 40, cuando Sérvulo, Humareda y el propio Andrés Zevallos andaban por allí, jóvenes pululantes, pupilos de José Sabogal y Julia Codesido, esos chicos del pós indigenismo, del neo indigenismo, inspirados e influenciados por los muralistas mejicanos, por los pensadores originales como Mariátegui, por los poetas revolucionarios como Vallejo, por esa aventura de las vanguardias del mundo del siglo XX que siempre será. 

Él, quietecito, mudo, casi sonriente, observa su cuerpo allá abajo, rodeado por los amigos de la ciudad, una fila de gente llorosa o conmovida, piensa que tuvo el tiempo y la lucidez para despedirse de la mayoría, para dejar instrucciones divertidas sobre las músicas, los oficiantes, los arreglos de flores, los lugares amados que recibirán sus cenizas, hasta el rumbo e intensidad del viento o brisa o soplo que irá dispersar las cenizas – pero nunca el espíritu.

Y así, ahora universo, ahora valle, ahora esfera infinita, don Andrés recuerda brevemente el abrazo a los hijos, la frase ingeniosa, pellizcar los cachetes, tocar la nariz, abrazar, soñar juntos que volamos en el viento.

Recuerda poco y guiña el ojo derecho, el más reilete. Y se vuelve color, jalca, púquio, duende, poncho, un macizo de cactus, una pareja danzando marinera… un animal dormido - azul, muy azul -  que por veces me visita en sueños.




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